lunes 7 de septiembre de 2009

Tres palabras

"Estás echando cuerpo", me dijo hoy un compañero de trabajo.
Tres palabras que me han destrozado por dentro.
Más encima, el muy cabrón me lo ha dicho tres veces seguidas.
Tres veces tres.

No me he pesado.
No he avanzado en la tesis.
No he dejado de vomitar.
No puedo dejar de pensar que quiero morirme de hambre.

Al menos, estoy yendo al gym.
Flaco consuelo.
Es lo único flaco que tengo en mi vida.
Ah, también mi autoestima.
Si pesara lo que pesa mi amor propio... sería un hueso andante.

Necesito adelgazar.

jueves 18 de diciembre de 2008


Siento que no logro encajar en ningún sitio.
Soy la pieza sobrante del rompecabezas.
Si al menos fuera flaca, mi amargura tendría sentido.
Pero estoy obesa y me odio.
Y más encima soy cobarde, porque tengo a mano un montón de pastillas y no soy capaz de acabar con ellas.

domingo 14 de diciembre de 2008


Odio lo que soy.
Siento permanentemente miedo a ser descubierta.
Desearía que mi vida se terminara esta noche.
Ya no doy más

miércoles 8 de octubre de 2008

Recuerdos

De niña siempre fui ultra llorona. Película triste que veía, ¡zas! que me la terminaba llorando toda. Terminaba con los ojos hinchados de tanto lagrimear... Cuando tuve mi primer intento de suicidio, a los 12 años, el psiquiatra les dijo a mis padres que era demasiado empática y que debían tener cuidado a la hora de confiarme sus problemas porque tenía la mala costumbre de asimilarlos.

También recuerdo una pesadilla recurrente que tenía entre los cuatro y seis años. Estaba en la calle, iba con mi madre a una tienda... Me quedaba mirando unos juguetes y de pronto, me daba cuenta de que mi mamá no estaba conmigo. Me entraba el desespero y la buscaba por todos lados, hasta que unos desconocidos me llevaban a su casa porque "todos en mi familia estaban enfermos". Cientos de veces desperté con la almohada empapada, pero nunca me atreví a ir a la cama de mis papás. Como lo mencioné en mi anterior entrada, lo que menos quería en la vida era molestar.

A pesar de lo temerosa y sensible, en el jardín me las arreglé para ser un torbellino. Las parvularias no me soportaban, porque era la típica niña problema, la que nunca está quieta, la que todo lo pregunta y la que permanentemente desafiaba la autoridad. Me arrancaba de la sala a la clase de los más grandes y ahí me quedaba tranquila. ¡Pobres mujeres! Les hice la vida de cuadritos en ese curso.

¡Y es que me aburrían tanto los juegos de mis compañeritos! Aparte, mi aspecto desarrollado me hacía parecer dos y hasta tres años mayor. Estaba como desfasada en todo aspecto... y hasta ahora tengo esa misma incómoda sensación de no encajar en ningún sitio.

Aprendí desde muy pendeja a ocultar el miedo y la inseguridad con bullicio y rebeldía. A sonreír aunque tuviese mucha rabia y a meterme en el baño cuando tenía ganas de llorar. A fingir que los comentarios hirientes me eran indiferentes, cuando en realidad, me refrenaba los insultos por no lastimar a los demás. Hasta el día de hoy, cuando los desconocidos son insolentes conmigo, no puedo ponerlos en su sitio, prefiero ser víctima y no victimaria.

También recuerdo que mi madre me mandaba fruta de colación, pero a mí me gustaba lo que los otros niños llevaban. Muchas veces la tía me retó por sacar restos de galletas y yogurt del basurero. Ella no entendía que mi madre me tenía vetados esos alimentos porque ya estaba "demasiado gruesa".

Roles secundarios Ese año tocó hacer la Caperucita Roja en el aniversario del Jardín. Obviamente, como era la más grandota, me tocó hacer de abuela. Atroz. Si pudiera, rompería todas las fotos de ese nefasto día.

Tenía ganas de hacer la coreografía del "Girls just wanna have fun" de Cindy Lauper -la canción de moda de esa época, no olviden que ya tengo 25- con las niñas del Kinder.

Pero no, los enanos teníamos que actuar un cuento y para más cagarla, me toca el papel femenino más estúpido de todos los cuentos.

O sea, Abuela de Caperucita: ¿Cómo mierda no fuiste capaz de pegarle una patada en los testículos al Lobo Feroz? ¿Tan ciega estabas que no captaste que semejante bola de pelos no era tu nieta -otra tonta de remate-?

Sí, tengo traumas con ese cuento... Sobre todo, después del análisis de un psicoanalista (Freud, Jung, Lacan... ni idea a estas alturas *edito: Bruno Bettelheim*) en el cual explicaba que la metáfora de la Caperucita Roja aludía a... la llegada de la menstruación y también a una violación por parte del lobo.

¿Qué malo no?

continuará...

domingo 28 de septiembre de 2008

Inicio

¿Cómo comenzar? ¿Qué debo decir? Tengo tanto que soltar y las palabras no son suficientes para darle forma a lo que me quema en el cerebro.

Soy Isabel, tengo 25 años y soy bulímica.

Los doctores dicen TANE (Trastorno Alimenticio No Especificado), pero al igual que las madres saben perfectamente quien engendró a su hijo, yo tengo claro que estoy prisionera en una de las enfermedades mentales que más repugnan a la humanidad.

Después de todo, ¿hay algo más sucio que meterse los dedos después de atiborrarse con comida? ¿o pasar toda la noche sentada en el water, sólo porque se excedió en la dosis de laxantes?

Sé que puedo morir de esto, pues en estos últimos meses, los dolores en el pecho, la sangre saliendo por mi garganta y los mareos al despertar, son como las pequeñas vueltas del tambor de una pistola en la ruleta rusa: no tienes idea cuándo saldrá el disparo que te deje con los sesos desparramados.

Quizá esté viviendo las últimas semanas de mi existencia, no lo sé, tampoco me importa. La vida ha sido demasiado amarga conmigo como para esforzarme en mantenerme en ella.

Recuerdo que desde niña, desde que tuve conciencia de ser, me odié.

Lo que no he podido recordar, es si hubo un detonante para ese odio. Uno de los (tantos) psicólogos que me han atendido, dijo: "cuando el cuerpo ha sufrido una violencia, la mente tiende a castigarlo, al creerlo culpable por no tener el instinto de defenderse". Sin embargo, no he podido llegar a ese punto, a ese momento en el cual mi vida se trizó...

Porque siempre me he sentido rota, incompleta, vacía.

Nací en una familia de clase media, un matrimonio bien constituido, con dos hijos ya grandes cuando decidieron traerme al mundo.

Mis viejos dicen que el comentario más común cuando yo era un bebé, es que no parecía que hubiese uno en la casa. Yo sólo lloraba cuando me cagaba o tenía hambre. El resto del tiempo me lo pasaba durmiendo.

Quizás es lo que quieren creer. Tal vez desde mi nacimiento tuve el instinto de ser invisible, de no estorbar, de no causar molestias a la gente.

Mis abuelas no me querían. O sea, me tenían afecto por llevar su ADN, pero la depositaria de todo su amor, cuidados y atención era mi hermana mayor.

Mi hermano siempre fue el favorito de mi madre. El único varón de todos sus vástagos, era lógico que su amor maternal se desbordara por él.

Mi padre, ése sí, se le cae la baba por mí. Sé que soy su hija regalona, su cómplice, amiga y compañera de charlas. Mi madre siempre me ha tenido un poco de celos por ese motivo.

A pesar de ello, mi padre trabajaba duramente para poder darme un buen pasar. Por eso, la mayor parte de mi infancia prácticamente no lo vi. Y sé que a él le duele no haberme visto crecer, como lo hizo con mis hermanos.

Mi hermana mayor es... muy parecida a mí. No sé si será por herencia o qué, pero tenemos la misma manía de posponer nuestros deseos frente a los demás. Puede que sea porque mi madre todo el tiempo, cuando queríamos hacer algo que le desagradaba, decía "Por qué haces esto, piensa en tu padre, piensa en mí, piensa en el rosal, etc, etc, y no lo hagas"

(Ahora que lo leo, me doy cuenta de que mi madre es una peligrosa manipuladora, no sé como todavía hay ocasiones en que con ese argumento, me hace sentir tan culpable que desisto de lo que quería hacer)

Bueno, la cosa es que mi hermana ha sido gorda toda la vida. La menor talla que usó después de la llegada de la regla, fue una 42. Y mi madre fue flaca, flaca en su juventud. Creo que su peor castigo fue que heredáramos los genes robustos de mi padre pero los hábitos golosos de ella. De ahí que desde los 3 años (cuando empezaron a sentarme en la mesa) en todas las comidas escuchara:

  • "No comas pan que te está creciendo la guata"
  • "No seas ansiosa"
  • "Deja de comer, mirate lo chancha que te estas poniendo"
  • "No hay mas comida para ti, por guatona"
  • "Te vas a poner a dieta y me vas a bajar 15 kilos"
  • "No comas tan rapido, mastica, no sabes comer"
  • "Ningún hombre se va a fijar en ti, con esos rollos. Das asco."
  • "Pareces mujer embarazada, me da vergüenza salir de compras contigo"

(Me he largado a llorar mientras escribo, pobre de mi hermana, cómo ha podido soportar tanto tiempo...?)

El problema, que mi madre no ha entendido, a pesar de que le explicado hasta con manzanitas es que sus retos y presiones sólo conseguían el efecto contrario: mientras más la presionaban, mi hermana más nerviosa se ponia y más comía. Y por consiguiente, más kilos subía.

Lo peor, es que como dije anteriormente, salí robusta como mi padre.

Mi hermano no, él era un fideo (y muchas veces lo maldije, porque creí que mi madre lo amaba más porque era flaco como ella y no un gordo como mi hermana y yo).

Cuando fui al jardin, a los 4 años, vi que todas mis compañeritas eran chiquititas y flacas, en cambio yo, era alta y regordeta. Recuerdo que meses después, le dije a mi madre, cuando terminó de criticar a mi hermana, que yo tenia que ponerme a dieta, porque era la más gorda de mis amiguitas...

continuará...

Flores e Flowers

Sobre a Emporium

Mi foto
Miss_Calamity
Ver todo mi perfil

  © Blogger Template by Emporium Digital 2008

Back to TOP