¿Cómo comenzar? ¿Qué debo decir? Tengo tanto que soltar y las palabras no son suficientes para darle forma a lo que me quema en el cerebro.
Soy Isabel, tengo 25 años y soy bulímica.
Los doctores dicen TANE (Trastorno Alimenticio No Especificado), pero al igual que las madres saben perfectamente quien engendró a su hijo, yo tengo claro que estoy prisionera en una de las enfermedades mentales que más repugnan a la humanidad.
Después de todo, ¿hay algo más sucio que meterse los dedos después de atiborrarse con comida? ¿o pasar toda la noche sentada en el water, sólo porque se excedió en la dosis de laxantes?
Sé que puedo morir de esto, pues en estos últimos meses, los dolores en el pecho, la sangre saliendo por mi garganta y los mareos al despertar, son como las pequeñas vueltas del tambor de una pistola en la ruleta rusa: no tienes idea cuándo saldrá el disparo que te deje con los sesos desparramados.
Quizá esté viviendo las últimas semanas de mi existencia, no lo sé, tampoco me importa. La vida ha sido demasiado amarga conmigo como para esforzarme en mantenerme en ella.
Recuerdo que desde niña, desde que tuve conciencia de ser, me odié.
Lo que no he podido recordar, es si hubo un detonante para ese odio. Uno de los (tantos) psicólogos que me han atendido, dijo: "cuando el cuerpo ha sufrido una violencia, la mente tiende a castigarlo, al creerlo culpable por no tener el instinto de defenderse". Sin embargo, no he podido llegar a ese punto, a ese momento en el cual mi vida se trizó...
Porque siempre me he sentido rota, incompleta, vacía.
Nací en una familia de clase media, un matrimonio bien constituido, con dos hijos ya grandes cuando decidieron traerme al mundo.
Mis viejos dicen que el comentario más común cuando yo era un bebé, es que no parecía que hubiese uno en la casa. Yo sólo lloraba cuando me cagaba o tenía hambre. El resto del tiempo me lo pasaba durmiendo.
Quizás es lo que quieren creer. Tal vez desde mi nacimiento tuve el instinto de ser invisible, de no estorbar, de no causar molestias a la gente.
Mis abuelas no me querían. O sea, me tenían afecto por llevar su ADN, pero la depositaria de todo su amor, cuidados y atención era mi hermana mayor.
Mi hermano siempre fue el favorito de mi madre. El único varón de todos sus vástagos, era lógico que su amor maternal se desbordara por él.
Mi padre, ése sí, se le cae la baba por mí. Sé que soy su hija regalona, su cómplice, amiga y compañera de charlas. Mi madre siempre me ha tenido un poco de celos por ese motivo.
A pesar de ello, mi padre trabajaba duramente para poder darme un buen pasar. Por eso, la mayor parte de mi infancia prácticamente no lo vi. Y sé que a él le duele no haberme visto crecer, como lo hizo con mis hermanos.
Mi hermana mayor es... muy parecida a mí. No sé si será por herencia o qué, pero tenemos la misma manía de posponer nuestros deseos frente a los demás. Puede que sea porque mi madre todo el tiempo, cuando queríamos hacer algo que le desagradaba, decía "Por qué haces esto, piensa en tu padre, piensa en mí, piensa en el rosal, etc, etc, y no lo hagas"
(Ahora que lo leo, me doy cuenta de que mi madre es una peligrosa manipuladora, no sé como todavía hay ocasiones en que con ese argumento, me hace sentir tan culpable que desisto de lo que quería hacer)
Bueno, la cosa es que mi hermana ha sido gorda toda la vida. La menor talla que usó después de la llegada de la regla, fue una 42. Y mi madre fue flaca, flaca en su juventud. Creo que su peor castigo fue que heredáramos los genes robustos de mi padre pero los hábitos golosos de ella. De ahí que desde los 3 años (cuando empezaron a sentarme en la mesa) en todas las comidas escuchara:
- "No comas pan que te está creciendo la guata"
- "No seas ansiosa"
- "Deja de comer, mirate lo chancha que te estas poniendo"
- "No hay mas comida para ti, por guatona"
- "Te vas a poner a dieta y me vas a bajar 15 kilos"
- "No comas tan rapido, mastica, no sabes comer"
- "Ningún hombre se va a fijar en ti, con esos rollos. Das asco."
- "Pareces mujer embarazada, me da vergüenza salir de compras contigo"
(Me he largado a llorar mientras escribo, pobre de mi hermana, cómo ha podido soportar tanto tiempo...?)El problema, que mi madre no ha entendido, a pesar de que le explicado hasta con manzanitas es que sus retos y presiones sólo conseguían el efecto contrario: mientras más la presionaban, mi hermana más nerviosa se ponia y más comía. Y por consiguiente, más kilos subía.
Lo peor, es que como dije anteriormente, salí robusta como mi padre.
Mi hermano no, él era un fideo (y muchas veces lo maldije, porque creí que mi madre lo amaba más porque era flaco como ella y no un gordo como mi hermana y yo).
Cuando fui al jardin, a los 4 años, vi que todas mis compañeritas eran chiquititas y flacas, en cambio yo, era alta y regordeta. Recuerdo que meses después, le dije a mi madre, cuando terminó de criticar a mi hermana, que yo tenia que ponerme a dieta, porque era la más gorda de mis amiguitas...
continuará...